Patricio Fernández

El noticiero

Editorial

Pueblo mapuche

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Por Patricio Fernández

26 de febrero de 2021 — La Segunda

Señor Director:

Basta de sacarle el poto a la jeringa. El pueblo mapuche no es intrínsecamente perverso, no es violento por naturaleza, ni “es la raza la mala”. Como en toda experiencia de marginación, en su interior ha crecido la desesperanza, la rabia y la anomia. Es un hecho consumado que el estado de Chile no ha sido capaz de asumir su particularidad como un valor y, en lugar de ofrecerle un acuerdo, ha insistido en someterlo a un orden cultural que lo ofende. Y está claro que este camino ha sido nefasto y sólo ha escalado el problema y abonado el terreno a intereses delictuales.


No son sólo los pueblos originarios quienes hoy están reclamando atención, reconocimiento y trato digno. Tal como sucedió con amplios sectores de la sociedad chilena en el estallido social, durante el cual la bandera mapuche se volvió emblema de ese desprecio, violencias de muy distinta índole salen a escenificar de manera indeseable y nefasta esta ofensa mayor y compartida incluso por aquellos que quisieran condenarla con fuerza. El camino de la paz no pasa ni por policías mejor armadas ni por ejércitos imponentes. Ello sólo prolonga y agudiza el conflicto, aunque por momentos pudiera imaginarse que lo sofocan. En su grado máximo, consiguen la calma de los cementerios.


El proceso constituyente está llamado precisamente a generar ese acuerdo entre la mayor cantidad y diversidad posible de grupos e individuos, para construir una nueva legitimidad que ponga coto al abuso de los poderosos y aísle la violencia de quienes apelando al descontento comunitario pasen por alto las más básicas normas de convivencia, muchas veces por intereses espurios.


En un estado plurinacional que les reconozca su dignidad de pueblo con grados de autonomía por definir, ellos mismos debieran ser los encargados de condenar aquellos elementos que los desprestigian.