Patricio Fernández

El noticiero

Editorial

Observaciones constitucionales (2)

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Por Patricio Fernández

10 de marzo 2016 — The Clinic

Fotografía: Patricio Fernández
En mi calidad de miembro del Consejo Ciudadano de Observadores (CCO), cumplo con informar lo que he observado en el último tiempo en torno al avance de la cuestión constitucional:

En primer lugar, que el Consejo, a pesar de los vaticinios de moros y cristianos, está realizando su trabajo. Como se irá viendo a medida que haga públicos sus reparos, no resultó ser un ente decorativo.

Que aunque algunos de sus miembros representan los intereses de grupos organizados (es más claro en la derecha, porque los consejeros del otro lado habitamos la dispersión), en mayor o menor medida, en todos ruge la conciencia individual.

Como los partidos políticos, del sector que sea, han sido poco tomados en cuenta en la elaboración e implementación de este proceso, desconfían, cuando no han decidido ya que se trata de una insensatez. Hace rato que menosprecian la inteligencia del gobierno, y de lo que se le acerque. Algunos apuestan que sólo es posible ganar puntos alejándose de él. Como sea, el Consejo de Observadores no trabaja para el gobierno. Lo suyo es un asunto de mucho más largo plazo.

El Mercurio y La Tercera, que son algo más que dos periódicos, preferirían que este proceso no funcione. Les daría la razón: “nadie podría negar lo ajeno a nuestra tradición que resulta todo el proceso”, dijo El Mercurio en su editorial de este domingo. Pero resulta que tradicionalmente en Chile han sido muy pocos los incumbentes, y en la era de la internet, como las rabias con el poder indican, eso resulta inaceptable.

En el mundo del poder, dudan que sea posible recoger de verdad lo que la gente piensa, y si acaso se pudiera, dudan que la gente sepa lo que es verdaderamente constitucional, y si supieran, dudan que sea conveniente aplicar lo que piensan.

Yo también dudo.

Pero todos sabemos que si esta comisión falla, se estropea entero el proceso constituyente.

No todos quieren una nueva Constitución. Hay un par de consejeros que apenas cambiarían un par de detalles a la del 80 -que si somos francos ya no es solamente la constitución de Pinochet, sino también de la Transición-, porque, grosso modo, o les gusta como está o la prefieren a arriesgarse al descampado. Y no obstante, se dan cuenta de que no vale la pena quedarse fuera de la Historia por un capricho.

Debemos encontrar la manera de que al menos entre los Observadores se imponga la convicción de que aquí se jugará limpio. Existen dos grandes polos de desconfianza: los que creen que esto es un tongo para meter la asamblea constituyente y los que creen que esto es un tongo para evitar la asamblea constituyente. Los que creen que esto es una trampa para la derecha y los que creen que es arrodillarse ante ella. Otros están convencidos de que esto es lisa y llanamente una tontera.

Nuestra tarea es preparar el terreno para que esta Constitución la inmensa mayoría de los chilenos la sienta propia.

Si se ha invitado a la población a participar de este proceso constituyente bajo la promesa de que su opinión importa, queda claro que hay dos objetivos por los que velar. Como dijo Zapata: “que la participación dé pie a conclusiones de verdad, y que no sea manipulada”. Nos mostramos todos de acuerdo.

Este martes tuvimos una jornada de casi 12 horas en la casa central de la Universidad de Chile con el fin de revisar la metodología propuesta por el gobierno para la realización de los diálogos ciudadanos. Partimos a las 10 am y a eso de las 13.30 hrs cruzamos a un almuerzo de trabajo en La Moneda con el vocero Díaz, quien informó lo que se había hecho y cuánto se había gastado en publicidad y educación cívica. En mi modesto parecer, todavía nadie sabe nada. Los comisionados García y Mery pidieron “ojo” con los funcionarios que pretendan hacer uso partidista de este asunto. Nos dieron unos sánguches de ave palta en pan integral Ideal y otros de jamón y queso crema en pan pita. Para beber: Coca Cola Light. Sigo sosteniendo que el esmero con que se atiende al Consejo (que trabaja ad honorem) dice mucho de la importancia que se le conceda.

De hecho, es cosa sabida que algunos en palacio consideran peligroso que este grupo se suba por el chorro.

No quisiera referirme a las conclusiones del lunes, porque algunas de ellas continúan en elaboración, y no corresponde que un pie cumpla la función de la boca, cuando el cuerpo anda bien. Y el Consejo ha conseguido actuar como cuerpo.

Como sea, estuvimos de acuerdo en ciertos asuntos centrales: cuestionamos lo que se entiende por “acuerdos” y la poca valoración de los “desacuerdos”, y también la clasificación de temas propuestos y cada uno de sus listados. En torno a la pregunta sobre los “valores” de la Constitución que queremos, el comisionado Sierra se preguntó si acaso las cartas fundamentales tenían efectivamente valores, o más bien convenía hablar de principios. “Los valores, dijo, son entidades conceptuales objetivas, esenciales y binarias, todas características que se riñen con una discusión democrática pluralista. Mejor hablar de principios, que no son binarios, sino graduales, y deben convivir entre sí, como la libertad y la igualdad, por ejemplo”, sostuvo. A lo que el comisionado Gómez respondió: “la distinción entre valores y principios me resulta irrelevante”. Irrelevante no es lo mismo que inconveniente, de modo que si a alguno le molesta, parece que concluyó la mayoría, hablemos mejor de principios. Las preocupaciones que llegaron de los diversos centros de estudio con experiencia en estos temas se pusieron sobre la mesa, y como felizmente resultaron coincidentes, en su mayoría fueron incorporadas. Yo defendí que la posibilidad de discutir ahí el mecanismo para llevar a cabo la confección misma de la Constitución no correspondía que quedara fuera, como tampoco que otros defendieran la primacía del derecho de propiedad. El honorable público dirá.

Este no es el tiempo de hablar de la Constitución que queremos, sino de ir preparando el terreno para que todos puedan hacerlo con la tranquilidad de que no hay trampas en esta partida.