Patricio Fernández

El noticiero

Editorial

Las letras de la democracia

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Por Patricio Fernández

13 de noviembre de 2013 —  El País

Bolaño o Parra han marcado la literatura reciente de Chile, país que trata de poner su industria editorial a la altura de la creatividad de sus escritores.

Instalación de Alfredo Jaar en el Museo de la Memoria de Santiago. Fotografía: Cristóbal Palma.

Cinco meses después de asumir la presidencia de Chile Salvador Allende, en marzo de 1971, el Gobierno de la Unidad Popular fundó la editorial Quimantú. En mapudungún, la lengua de los mapuches, kim significa “saber o aprender” y antü es “sol”. Su creación no figuraba en el programa de Allende. La originó un conflicto sindical al interior de Zigzag, entonces, de lejos la editorial más grande del país. Zigzag nació a comienzos del siglo XX, pero floreció entre los años treinta y cincuenta, cuando según Bernardo Subercaseaux, autor de Historia del Libro en Chile, se vivió la “época de oro” del libro chileno.

El cierre de los mercados internacionales a causa de las guerras civiles europeas y de la crisis financiera de 1929 además de un notable estímulo a la producción de obras nacionales habrían permitido este auge. Eran años de discusión ideológica, de fortalecimiento de organizaciones obreras, del nacimiento del Frente Popular. Gabriela Mistral ganó el Premio Nobel en 1945. Neruda crecía hasta cubrirlo todo. Pero a comienzos de 1971 Zigzag, a esas alturas una empresa con más de ochocientos empleados, estaba al borde de la quiebra. Fue para evitar que todos ellos perdieran sus trabajos que Allende fundó Quimantú, la editorial que acabaría convirtiéndose en el gran ícono de la política cultural de su Gobierno. Nunca se habían editado tantos libros en Chile y tan al alcance de la gente. Tiradas de 80.000 mil ejemplares semanales, en el caso de los Mini Libros, se vendían en los quioscos al preció de un paquete de Hilton, los cigarrillos populares. Hay que reconocer que los cigarrillos han subido de precio en estas décadas más que los libros, pero para entonces era un logro maravilloso del socialismo. Se trataba de libros pequeños, impresos en papel sencillo pero con una caja y unas letras muy legibles, y portadas que hoy persiguen los coleccionistas. Salía uno distinto cada semana, cuentos de Chéjov, Balzac, Faulkner, Valery Larbaud, Kazakievich, B. Traven, etcétera. También estaban los Cuadernos de Educación Popular (los CEP), escritos por Marta Harnecken y Gabriela Uribe, destinados a la concientización ideológica, a explicar en un lenguaje simple los grandes conceptos del marxismo. Se imprimían también 80.000 ejemplares por título y eran frecuentemente reeditados. Hay que considerar que Chile entonces no alcanzaba los nueve millones de habitantes y campeaba la pobreza. Como gran cosa, Allende prometió medio litro de leche al día para todos los niños del país. El analfabetismo había experimentado una baja importante durante el Gobierno anterior del DC Eduardo Frei, pero estábamos muy lejos de ser un país lector.

Entre las colecciones señeras de Quimantú estaban los Clásicos del Pensamiento Social: Marx, Engel y La historia de la Revolución Rusa de Trotski, cuya publicación causó un lío mayúsculo dentro de la editorial. Socialistas y miristas hicieron guardia día y noche para evitar que los comunistas destruyeran los fotolitos. El debate ideológico en el interior de la izquierda también era encarnizado, pero el libro salió y se convirtió en fenómeno de ventas. Quimantú tenía también varias revistas, unas de gran nivel, como Hechos Mundiales, y otras más discutibles, como la revista infantil Cabro Chico, donde Caperucita Roja brincaba por el bosque cantando No nos moverán. Sacaban una femenina que se llamaba Paloma, y su lema: “Será tu mensajera”.

Quimantú existió desde marzo de 1971 hasta el 11 de septiembre de 1973. Ese día llegaron a plaza de Italia, punto medular de Santiago, los tanques golpistas y se instalaron apuntando a las dependencias de la editorial. No hicieron fuego, aunque sí hubo ráfagas de metralleta que impactaron en sus muros. “Socialistas y miristas”, me cuenta Pablo Dittborn, ex dirigente sindical, “llegaron a las oficinas reclamando armas, pero no había. Los que usábamos barba nos afeitamos en los baños y escapamos por el otro lado, por la calle de Bellavista”. Diego Barros Ortiz, general en retiro y poeta, fue nombrado presidente del directorio. Quimantú se convirtió en Gabriela Mistral. La poeta de Desolación debe haberse retorcido en la tumba al ver que la dictadura usaba su nombre como antídoto para todo lo que oliera a Neruda y resistencia. Según recuerda Dittborn, entonces un colorín veinteañero, las bodegas de Quimantú se transformaron en hornos alimentados con ediciones recientes de obras del Che, Lenin, etcétera, junto a una cantidad indeterminada de clásicos de la literatura todavía sin circular. Decenas, quizás cientos de miles, de volúmenes ardieron allí. Pero también en las calles hubo fogatas de libros, algunas hechas por los militares, como la de las Torres San Borja, donde conscriptos que jamás habían leído recorrieron los departamentos requisando textos subversivos, cualquiera que llevara un título terminado en “ismo”, o las palabras “Cuba”, “ruso”, etcétera, sobre la portada. En esa lista cayó Dostoievski, el cubismo y la mecánica popular, por lo de popular. Pero la mayoría de las quemas eran llevadas a cabo espontáneamente por los chilenos. Hubo quienes se deshicieron de bibliotecas enteras, temiendo que sus lecturas los delataran. Las madres retiraron de los dormitorios de sus hijos los afiches del Che y Fidel, y todo papel impreso con olor a revolución, para quemarlos en sus jardines o patios interiores. Muchísimos lo hicieron. Vivimos nuestro Fahrenheit 1973. Una editorial del diario La Nación, en manos del Gobierno militar, hablaba del libro como “un amigo peligroso”, anota Subercaseaux, y a continuación recomienda no regalarlos ni comprarlos. A partir del 11 de septiembre, “el libro vivió una noche oscura”, concluye el autor. Las librerías cerraron masivamente. Muchas pertenecían a gente de izquierda que terminó en el exilio o sobreviviendo lo más anónimamente posible. Dejaron de llegar las primicias del exterior. Recuerdo que durante esos años en las Librerías sólo vendían útiles escolares, reglas, compases, cartulinas y papeles de colores, más uno que otro ejemplar de literatura infantil.