Patricio Fernández

La crónica semanal

Una Convención sin aire, arriesga morir de asfixia

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Una Convención sin aire, arriesga morir de asfixia

El desorden es grande, abunda el cansancio y la dispersión, no hemos conseguido estructurar una coordinación política y hay, en efecto, buenas razones para la desazón, pero la importancia del reto es tal, que no hay esfuerzos por escatimar.

Este martes termina la recepción de normas: sólo hasta entonces los convencionales podremos ingresar nuestras propuestas y aquellas iniciativas populares que no consigan las 15.000 firmas para ese día a medianoche quedarán fuera, hasta ayer, las presentadas eran más de 400. Muchas de ellas tratan un mismo asunto con ópticas diversas o antagónicas, otras se diferencian en matices y, de haberse coordinado sus promotores, pudieron presentarse juntas.

La comunicación interna, sin embargo, no es fácil por estos días, son varios los estancos que la dificultan: en primer lugar, las comisiones, donde cada convencional aborda sus principales temas de competencia junto a representantes de todas las fuerzas; los colectivos, donde se exponen las normas que cada uno está desarrollando a nombre del resto, de modo que ahí se corrijan y complementen entre supuestos cómplices; y los asesores, el núcleo duro de confianza con que cada uno trabaja y piensa. Más allá están las organizaciones sociales, los académicos y los centros de estudio que comparten sus ideas y proyectos, los políticos jubilados que ofertan su experiencia, etc., etc.

No es raro que nos enteremos por la prensa de lo sucedido en la sala del lado. La carga de trabajo de cada constituyente es tal, que no queda tiempo para preocuparse de más. Si las comisiones y el pleno suelen comenzar sus sesiones a las 9.30hrs, por estos días las reuniones via zoom están arrancando antes de las 8 y terminando a eso de medianoche, cuando no más tarde.

“El Cansancio” es tema frecuente de conversaciones, los últimos años han sido agotadores para todos, pero para los convencionales se trata, además, del segundo verano consecutivo con actividades intensas y sin vacaciones. El anterior lo pasamos en campaña y aquí estamos ahora, no se trata sólo de un cansancio físico, sino especialmente emocional.

Es cierto que las relaciones interpersonales ahí adentro son buenas -los mayores roces se producen entre cercanos-, que hemos hecho nuevas amistades, que en “los recreos” compartimos cigarrillos, cocavíes y pelambres de manera mucho más transversal de lo que afuera se imaginan, pero a la hora de tejer acuerdos, la voluntad de “ganar el punto” suele primar por sobre la de “busquemos juntos”. Es decir, los gallitos son permanentes, nadie quiere verse pasado a llevar y no siempre es la razón quien prima en los debates, sino más bien las rabias y los miedos, las inseguridades y las arrogancias.

En la comisión de Derechos Fundamentales, sin embargo, esta semana se dieron discusiones interesantes. Por primera vez nos permitimos intercambiar argumentos, deliberamos en torno de los derechos civiles y políticos: el debido proceso, la libertad de conciencia, opinión, prensa, propiedad, entre otros. Ahí se dejaron ver, al menos, dos clivajes que acompañarán nuestro debate constitucional en sus distintas materias:

Maximalismo/Minimalismo: mientras unos quisieran desarrollar las normas lo más acabadamente posible, no sólo señalando los principios que debieran regir nuestro futuro democrático sino también el modo de realizarlos, otros pensamos que la Constitución no es la encargada de definir los detalles con que sus grandes lineamientos deben llevarse a cabo. Los primeros dicen desconfiar del legislador, a lo que los segundos respondemos que eso equivale a desconfiar de la democracia, a suponer que la propia elección -llevada a cabo bajo las mismas condiciones y procedimientos que las parlamentarias- fue más sabia, más virtuosa y respetable que cualquier otra. Los maximalistas parecen desear cerrar la historia, mientras los minimalistas esperamos abrir un nuevo capítulo de ella. Los primeros señalan un camino y el modo de recorrerlo, los segundos, sólo lo primero. Un acuerdo amplio es más posible atendiendo a la lógica minimalista. Y lo demás sería lo de menos.

Diálogo con el pasado/Diálogo con el futuro: si unos parecen pensar sus normas vengando el pasado, otros prefieren hacerlo imaginando el porvenir. Los primeros piensan la nueva Constitución “en contra”, los segundos “a favor”. No se trata de tener o no a la vista la historia -sólo un necio podría ignorarla-, sino del modo en que se asume: como lucha de bandos y vuelta de mano, o como enseñanza. De hecho, si algo enseña la historia es que las barbaridades cometidas por unos en el pasado, bien podrían cometerlas los otros en el futuro. Que las víctimas de ayer, pueden ser los victimarios de mañana. Y una Constitución está llamada a evitar las arbitrariedades vengan de donde vengan. Imponerse tanto al gobierno de unos como de los otros.

Esta semana, la Convención emitió mensajes inquietantes. Terminó enfrentada con el Poder Judicial -algunos convencionales propusieron incluso una comisión elegida por el Presidente electo para evaluar a los jueces una vez aprobado el nuevo texto- y hubo quienes hicieron callar a sus miembros cuando manifestaron su parecer sobre las discusiones en curso.

El debate acerca del sistema político, si bien dista de ser un enfrentamiento ideológico -la UDI y el PC aquí son aliados- no ha conseguido la coherencia deseada. La comisión de Medio Ambiente y Modelo Económico, como era de esperar, dado que ahí se reúnen los representantes más apasionados de causas específicas, ha regalado titulares refundacionales y desconcertantes. Nada de esto ha sido aprobado por los 2/3 requeridos en el pleno, pero quizás por primera vez desde que comenzamos, la inquietud dejó el radio de los reaccionarios y temerosos de siempre, para apoderarse incluso de aquellos que han acompañado este proceso de manera cómplice y comprometida.

No está del todo claro cómo abordaremos en los días por venir la inmensa cantidad de normas propuestas. De buenas a primeras, parece una tarea infinita y los tiempos no sólo son limitados, sino escasos. Sirva para hacerse una idea recordar que para la construcción de los Reglamentos se pusieron en votación más de 1100 indicaciones, y ahora las normas en juego son exponencialmente más. La mesa convocó a una comisión para establecer el camino a seguir.

El desorden es grande, abunda el cansancio y la dispersión, no hemos conseguido estructurar una coordinación política y hay, en efecto, buenas razones para la desazón, pero la importancia del reto es tal, que no hay esfuerzos por escatimar. Se nos encargó acordar un pacto social capaz de darle gobernabilidad y paz social a Chile para los tiempos que vienen. Se lo debemos a millones de ciudadanos que confiaron en nosotros y también al mundo que nos mira atenta y esperanzadamente, porque elegimos apostar por una mejor democracia para resolver nuestros desafíos pendientes.

Cualquier particularismo, auto referencia excesiva, incapacidad de levantar la vista o tozudez, debiera avergonzarnos. Aquí nadie sobra. No son las causas propias, sino el bien común lo que debiera orientar, primeramente, nuestro quehacer. Y para llegar a buen fin, necesitaremos el apoyo, la colaboración y la crítica de todos y todas. Adentro y afuera del viejo edificio del Congreso Nacional. Una Convención sin aire, arriesga morir de asfixia.