Patricio Fernández

La crónica semanal

Las platas, las furias y la convención

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Las comisiones avanzan bien. A mediados de septiembre debiéramos tener listo el Reglamento y comenzar a integrar los nuevos grupos de trabajo, ahora para discutir el contenido mismo de la constitución. Centenares de organizaciones sociales, centros de estudio, instituciones universitarias y otros grupos ciudadanos han participado en nuestras deliberaciones. A la gran mayoría de ellos los mueve la convicción de que atravesamos uno de esos momentos que muy a lo lejos asoman en la historia de los países, cuando la comunidad vuelve a pensarse y la democracia deja de ser una materia escolar, para convertirse en un ejercicio vivo.

El martes se votó en general la propuesta de la comisión de Presupuesto para regular los gastos de la Convención. Los sectores más duros de la derecha, aquellos que promovieron el Rechazo en el plebiscito, que dio inicio a este proceso constituyente con un 80% de apoyo, aprovecharon la ocasión para desacreditarlo. 

Es muy difícil hablar de dinero en el ámbito público sin despertar las sospechas de la población. Durante los últimos años han sido demasiados los escándalos de corrupción con funcionarios estatales involucrados: militares, carabineros, ministros, alcaldes. La experiencia de los parlamentarios, que durante años se subieron el sueldo hasta volverlo mucho más alto de lo prudente y sus vínculos con empresas a la hora de legislar, tendieron un manto de duda sobre cualquiera que participe en política. 

El estallido social fue también una reacción en contra de esa clase dirigente que, tras 30 años en el poder, parecía más preocupada de arreglarse los bigotes entre sí que del bien común. En lugar de verlos como servidores de la mayoría, la mayoría comenzó a preguntarse por qué ellos. La autoridad perdía su respeto, y el poder su legitimidad.

El proceso constituyente se instaló como la respuesta democrática a dicha ruptura, la invitación a generar un nuevo acuerdo institucional, esta vez, sin excluidos, sin arreglos cupulares, sin cultura hegemónica, sin el establecimiento previo de una medida de lo posible. A sus miembros les correspondería buscarla.

Nada puede envenenar más rápidamente a esta Convención que ser vista como un nuevo grupo de privilegiados o una réplica de los vicios parlamentarios. Si sus miembros, apenas al llegar, estuviéramos dedicados a subirnos el sueldo, sería un escándalo de proporciones. Pero es mentira.

Lo que hicimos fue ordenar los dineros disponibles para este proceso, de modo que todos los convencionales, cualquiera sea su lugar físico y cultural de proveniencia, pueda ejercer profesionalmente y en igualdad de condiciones la tarea encomendada.

Los viáticos debieran significar un ahorro importante en los gastos de alojamiento, traslado y manutención de nuestros compañeros de provincia. Estas platas de todos los chilenos, acordamos que debían ser administradas con “responsabilidad, probidad, transparencia y proporcionalidad”, además de otras consideraciones como la equidad territorial, la perspectiva de cuidados, la austeridad, la suficiencia, la eficiencia… 

Existe un Comité Externo de Asignaciones compuesto por representantes de otros poderes del Estado para velar por ello. Si cualquiera de estos principios no se cumpliera, habría buenos motivos para poner gritos en el cielo, pero no es cierto que sea así. Muy por el contrario. Lo sabe el gobierno y todos los constituyentes; también aquellos que mienten.

Las comisiones avanzan bien. A mediados de septiembre debiéramos tener listo el Reglamento y comenzar a integrar los nuevos grupos de trabajo, ahora para discutir el contenido mismo de la constitución. Centenares de organizaciones sociales, centros de estudio, instituciones universitarias y otros grupos ciudadanos han participado en nuestras deliberaciones. A la gran mayoría de ellos los mueve la convicción de que atravesamos uno de esos momentos que muy a lo lejos asoman en la historia de los países, cuando la comunidad vuelve a pensarse y la democracia deja de ser una materia escolar, para convertirse en un ejercicio vivo.

En casi todas las comisiones prevalece el ánimo grupal por sobre la confrontación. La de Derechos Humanos estuvo siempre destinada a ser distinta. Si en el debate constitucional merece un lugar central, durante este tiempo de instalación ocupa el rincón de los ajustes de cuenta. Ahí están a la vista las heridas, sus dolores, traumas y rabias.

Adolfo Millabur me contó que debió enseñarle a su hijo responder a combos las ofensas en la escuela, para evitar que se perpetuaran. La machi Linconao estuvo presa sin ser culpable. El pueblo mapuche sabe de desdenes y menosprecios. María Rivera pasó por un centro de tortura y Roberto Celedón compartió la historia de otras muchas víctimas del pinochetismo. Su alma calma, sin embargo, le permitió comentarme al encontrarnos en un pasillo que, a pesar de todo, mientras ardían los cuestionamiento en su contra, reconocía la amabilidad del ex almirante Arancibia, que también fue edecán del dictador. 

Pero no todos tienen el alma calma de Celedón. Quienes están ahí representando furias, necesitan expresarlas. Será tarea de quienes quieran cuidar este proceso constituyente y también de los grupos políticos de izquierda llamados a gobernar en el futuro, ayudar a encauzarlas desde una perspectiva institucional. Abogar por principios que no permitan su imperio, para que ninguna dictadura vuelva a ser posible. La República de Chile, esa que aspiramos a construir entre todos, debe aprender que nadie sobra, que hasta el más vil tiene algo que enseñarle y que no hay paz duradera, allí donde un grupo se cree poseedor de toda la verdad.