Patricio Fernández

La crónica semanal

La Convención: entre lo que fue y lo que debe ser

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La Convención: entre lo que fue y lo que debe ser

Resulta bastante claro que las tareas de la próxima mesa -cuya elección está fijada para el 04 de enero- serán esencialmente dos: la coordinación interna, es decir, la capacidad de aunar voluntades mayoritarias para construir normas que deberán ser aprobadas por 2/3 de los convencionales, y generar una vocería institucional, capaz de representar al grueso de la Convención estableciendo un diálogo cómplice y amplio con la ciudadanía, atento a su innegable diversidad, capaz de representarla en esos mínimos comunes y crecientemente democratizantes, que la gran mayoría espera del acuerdo que nos regirá en las décadas venideras. No debemos olvidar que la Convención Constituyente ofrecerá al país un proyecto de Constitución, que deberá aprobarse antes de que comience a regir. 

Al interior de las distintas bancadas y entre representantes de todas ellas, comienza a discutirse quiénes sucederán a Elisa Loncón y Jaime Bassa. La próxima elección de la presidencia y la vicepresidencia debiera suceder el 4 de enero. No todos coinciden en la evaluación de la mesa saliente: si para buena parte de la derecha se ha tratado de una conducción tendenciosa y polarizante, para los demás ha cumplido con éxito el cometido de instalar la Convención y, con todas las dificultades que un proceso tan inaudito y complejo acarrea, mantenerla a flote. La mayoría de los constituyentes, sin embargo, parece entender que la etapa en que nos adentramos requiere de nuevos talentos: pasar de lo simbólico a lo político y de lo expresivo a lo constructivo. La primera vuelta de la elección presidencial mostró un país de voluntades dispersas que contradijo la idea de que ese 80% que votó Apruebo cuando se plebiscitó la propuesta de una nueva constitución quería lo mismo, o, al menos, que lo quería con los mismos énfasis y del mismo modo. No pocos han asumido que la alta votación de las candidaturas reaccionarias tienen como una de sus explicaciones los excesos discursivos y performáticos de la Convención. Todo indica que gran parte de nuestra ciudadanía está pidiendo transformaciones, pero también calma y estabilidad. 

Lo entendió la candidatura de Boric y buena parte de la Convención. Al menos en apariencia. Los constituyentes del Frente Amplio llegaron el martes con chaquetas y trajes de dos piezas. Pero es cosa sabida que los aprendizajes no se dan de golpe, pero si se atiende a las señales, parecen en curso. Esta semana, por ejemplo, la Convención fue una montaña rusa. En el pleno del miércoles, cuando debíamos aprobar la lista de quiénes compondrían la Secretaría de Participación Indígena, lo que debía ser un trámite se volvió motivo de conflicto. Los nombres propuestos por Hernán Larraín, que tiempo atrás encabezó una carta de abuenamiento con las causas mapuche desde el mundo de la derecha -rechazada por los sectores duros y apañada por sus cercanos-, fueron objetados de plano por Natividad Llanquileo, representante del ámbito más intransigente de los escaños, donde no todos piensan igual ni reina el entendimiento fácil. Más allá de la idoneidad de los nombres propuestos, en lo sucesivo pagaron justos por pecadores, y lo que pudo ser ocasión de acuerdo, terminó en una confrontación que reunió a Chile Vamos en las afueras del edificio, mientras el resto votábamos a los propuestos, uno por uno, en su interior. En lugar de dar una demostración de voluntad constructiva y capacidad de llegar a acuerdos, la descoordinación y falta de personalidad del resto terminó cediendo al grito sectario. Como me dijo el inteligente Adolfo Millabur: “Nos disparamos en los pies”.

El resto de la tarde no fue mejor. La sesión se prolongó hasta entrada la noche en una discusión del todo improductiva sobre la violencia. Antes del viaje a Biobío, miembros de la Udi y republicanos había propuesto una declaración en contra de la violencia política para ser votada por el pleno, pero bajo la excusa del fin del horario fijado para esa sesión quedó postergada, poniéndose ahora en tabla conjuntamente con otra declaración presentada por los Independientes No Neutrales, que también rechazaba dicha violencia, pero añadía otras varias a considerar en la condena. 

La declaración de la derecha tenía una evidente intencionalidad política. Desde ya, que el mismo mundo que sigue justificando un golpe de estado que tuvo el lastre de muertes y torturas que todos conocemos, ahora se presente como el gran defensor de la paz, resulta por lo menos desconcertante. Que la violencia abarca mucho más que la quema de las estaciones de metro, locales comerciales y las barricadas, es también un hecho de la causa, más todavía cuando lo que nos toca discutir es un acuerdo social llamado a entender no sólo sus manifestaciones físicas, sino sus causas profundas. Pero negar que esos actos vandálicos son violencia, es igualmente absurdo. No por reconocer que hay razones para la furia se puede justificar un crimen. La vida comunitaria no sería posible si lo hacemos. Por otra parte, la condena de la violencia policial y su transgresión al uso profesional de la fuerza no puede llevar a desconocer que la violencia delincuencial también existe. Y en esa discusión bizantinas nos trabamos todo el resto de la tarde, porque los unos no estaban dispuestos a darle punto a los otros, perdiéndonos en un pantano de recriminaciones que poco tiene que ver con el trabajo constituyente, o, al menos, con el que cada vez con más urgencia nos convoca. El tiempo apremia, y de la fase de las imputaciones, urge que pasemos al de las grandes líneas de solución. De la exposición de desencuentros, a la confección de acuerdos. De las culpas, a los proyectos. Del pasado y el presente, al porvenir. Eso es lo que muchísimos esperan de nosotros. Para lo anterior están los tribunales y los parlamentarios.

El jueves, sin embargo, la comisión de Sistema Político dio muestras de avances sustanciales. En un clima de respeto y atención, cada uno de sus miembros expuso durante cuatro minutos sus preferencias de modelos de gobierno. Según el informe de “Tenemos que Hablar de Chile”, realizado en conjunto por la Universidad de Chile y la Universidad Católica, allí “las y los convenciones constituyentes fueron explícitos en agradecer la oportunidad de participar en las audiencias públicas llevadas a cabo por la Comisión, y valoraron positivamente el trabajo y presentaciones de los y las expositores, indicando que muchos(a) de ellos(as) habían cambiado las ideas preconcebidas con las que habían llegado a la Comisión gracias a los argumentos expuestos en las audiencias”.  Permitirse cambiar de opinión tras la escucha de argumentos, es la base de todo proceso deliberativo que se jacte de tal.

Prácticamente todos coincidieron en la crisis del sistema híper presidencial que nos rige actualmente y, la mayoría, en que tras atender a las razones expuestas, sus causas eran múltiples y complejas: las características del régimen político, el diseño del sistema electoral, la regulación deficiente y problemas de los partidos políticos. Catorce de sus 25 miembros manifestaron su predilección por un sistema presidencial atenuado y cuatro de ellos -salvo Patricia Politzer, todos del FA-, por el régimen parlamentario. Valga decir que aquí los lineamientos ideológicos y partidarios se confundieron de tal manera que udis, socialistas y comunistas se permitieron estar en un mismo bloque. Diez dijeron preferir el bicameralismo, aunque redefiniendo las atribuciones de cada cámara, y siete optarían por pasar a un sistema unicameral. Concordaron todos en “la necesidad de que las discusiones y acuerdos llevados a cabo en el seno de esta Comisión fueran ejecutados en coordinación permanente con otras comisiones de la Convención Constitucional, particularmente con la Comisión sobre Principios Constitucionales, Democracia, Nacionalidad y Ciudadanía; la Comisión de Forma de Estado, Ordenamiento, Autonomía, Descentralización, Equidad, Justicia Territorial, Gobiernos Locales y Organización Fiscal; y la Comisión sobre Sistemas de Justicia, Órganos Autónomos de Control y Reforma Constitucional”.  La “orgánica” constitucional avanza a un ritmo más rápido que la “dogmática”, y es de esperar que le sirva de ejemplo. 

El viernes, la comisión de Derechos Humanos, la única del período de instalación que no aportó normas al Reglamento, expuso sus conclusiones -Informe de Verdad Histórica, Reparación Integral y Garantías de No Repetición- en una ceremonia que se llevó a cabo en el hemiciclo. Cantó Daniela Millaleo y bailó el colectivo Cueca Sola. Estaban presentes varias de las organizaciones a las que dicha comisión escuchó mientras estuvo en funcionamiento: víctimas de la dictadura, defensores de la naturaleza y el medioambiente, exponentes de pueblos originarios y tribal afrodescendiente y víctimas de violaciones a los derechos humanos durante el estallido. Habló la senadora electa Fabiola Campillai y también una representante del sindicato de trabajadoras sexuales trans Amanda Jofré. Cerró su coordinador, Roberto Celedón, quien entre otras cosas dijo que este había sido uno de los trabajos más lindos de su vida. Reinó la emoción del dolor y las deudas. Toda esa historia de la que este proceso arranca, no para olvidar, pero ojalá para superar.

Resulta bastante claro que las tareas de la próxima mesa serán esencialmente dos: la coordinación interna, es decir, la capacidad de aunar voluntades mayoritarias para construir normas que deberán ser aprobadas por 2/3 de los convencionales, y generar una vocería institucional, capaz de representar al grueso de la Convención estableciendo un diálogo cómplice y amplio con la ciudadanía, atento a su innegable diversidad, capaz de representarla en esos mínimos comunes y crecientemente democratizantes que la gran mayoría espera del acuerdo que nos regirá en las décadas venideras. No debemos olvidar que la Convención Constituyente ofrecerá al país un proyecto de Constitución, que deberá aprobarse antes de que comience a regir.