Patricio Fernández

La crónica semanal

Jornadas de agitación: entre la tolerancia y las furias

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Jornadas de agitación: entre la tolerancia y las furias

Las siete comisiones temáticas empiezan a debatir sus modos de funcionamiento. Entre sesión y sesión, abundan los encuentros para coordinar posturas comunes, tanto al interior de las bancadas como entre miembros de las comisiones provenientes de distintos grupos que buscan complicidad. Cada convencional, por su parte, trabaja con sus respectivos asesores para desarrollar las normas que le competen. Paralelamente, académicos y estudiosos del derecho ofrecen sus conocimientos de manera más o menos informal. Si hasta hace poco las deliberaciones conceptuales que se daban en los distintos escenarios gozaban de la dispersión propia de las aguas de la lluvia apenas cae, hoy comienzan a buscar su cauce. Son jornadas de agitación en que el desorden se halla inquieto, a sabiendas de que tiene los días contados.

Esta semana terminaron los discursos de apertura en que cada convencional pudo mostrar sus cartas. Agustín Squella defendió la diversidad como un bien y la necesidad de asumir la tolerancia activa como reto central de la Convención, es decir, “acercarnos a quienes tienen creencias y modos de vivir distintos a los nuestros… acercarnos unos a otros, cruzar al frente -como decimos acá- hacia los que vemos como adversarios y no como enemigos, espero”. Lo dijo con un tono calmo y profesoral, muy distinto al usado por Teresa Marinovic, minutos más tarde, quien apenas la lucecita roja indicó que el micrófono estaba abierto, se largó a gritar que muchos de nosotros mentíamos sistemáticamente, que simulábamos enfermedades, que éramos enemigos de lo bueno, “que no quede bandera, himno, república…” (mintió que queríamos), victimizados defensores de la cultura del fracaso, unos resentidos y envidiosos, exaltadores de lo feo. “Son ustedes unos frívolos, ¡basta!” sentenció como un pastor de plaza-, ¡basta! de mujeres que se llaman feministas…”, “¿¡No les da vergüenza!?”.  Escenificó ese humor que abunda en la clase alta -lo conozco- donde suele confundirse la franqueza con el desprecio, “las cosas como son”, “las cosas por su nombre”, sin nunca abrirse a que podrían ser de otro modo y llamadas distintamente. Antes de terminar, se refirió a la Virgen del Carmen como su “Patrona”, y olvidando que su arenga olía a pólvora, nos conminó a un “Chile libre, unido y en paz”. 

El abogado Nicolás Núñez (29) -uno de los tipos más simpáticos de la Convención, el tallero del curso, abierto, relajado y, como Squella, amigo de la tolerancia-, subió al podio con una guitarra negra y cantó una payas en las que se rió de varios convencionales, declaró creer “firmemente en la vía institucional” para realizar cambios, llamó a “no pasar la máquina” y a moderarse, porque “si le echamos mucho al saco, podemos romper el saco”. Después propuso “desformalizar los espacios donde se toman las decisiones del poder (…) porque si chasconeamos esos lugares vamos a entrar los Núñez, los González, los Sánchez, los Pinto, todos aquellos que no estamos acostumbrados” a sus etiquetas, explicó. “Hay que chasconear a los Jürgensen, hay que chasconear a los Marinovic, a Moreno, al señor Arrau, al señor Atria, hay que chasconearlos a todos ellos. Don Monckeberg ya está medio chascón (…), así que bien por eso”, continuó. 

Su performance produjo efectos muy distintos en el hemiciclo que afuera. Adentro generó un espontáneo ambiente de distensión, una pausa festiva en medio de las reivindicaciones, las rabias, las penas y las doctrinas, y aunque el último verso estuvo de más -“Yo soy un constituyente, el delincuente es el Presidente”-, como a Piñera ya no lo quiere nadie, tampoco produjo molestias excesivas. Afuera, en cambio, sólo sirvió para abonar la imagen de chacota, de circo y de patanería que algunos medios avalan, que las redes ensalzan y que una población temerosa del momento político y económico que vive Chile recela. Se la sumó enseguida a los corpóreos de Pikachú y Dino el Dinosaurio, al Pelao Vade, a los dorsos desnudos con leyendas en el pecho y los pies descalzos con que algunos constituyentes se han hecho notar. “Esto no es el Festival de Olmué, compadre -me dijo uno- y ese gallo parecía de Los Caporales, o el Monteaguilino o el Clavel, pero no alguien que está haciendo una constitución. Un constituyente no sólo tiene que serlo, sino también parecerlo”. 

Se viven tiempos de mucha incertidumbre. No pocos están francamente temerosos y es a lo que José Antonio Kast echa mano. Pero si la respuesta de Kast al desorden y al miedo son las zanjas fronterizas, la autodefensa armada, la uniformidad y la intransigencia, la apuesta del proceso constituyente es la inclusión, el entendimiento entre las diferencias y más democracia, no menos. Una de sus tareas centrales es relegitimar la institucionalidad y proponer una ruta de cohesión y paz social. Pero para que sea creíble, en lo sucesivo, la Convención deberá cuidar sus formas. No necesariamente las mismas del poder hegemónico que intenta dejar atrás, pero sí otras capaces de trasuntar que ya no es sólo una diversidad en la que alardean cada una de sus partes, sino también un cuerpo compuesto por todas ellas. Un cuerpo que se protege y valida al construir un camino en conjunto. Como dijo la presidenta Elisa Loncón en su discurso: “construir la casa de todos con respeto”.

A propósito de las elecciones presidenciales, es curioso lo que ocurre con ellas al interior de la Convención. La mayoría de los grupos no tienen un candidato definido. La ex Lista del Pueblo, o lo que queda de ella, no lo tiene; tampoco quienes se han escindido por su izquierda y que hoy son conocidos como “los Pikachú”; en el Colectivo Socialista, aunque no se dice, unos van por Yasna y otros por Boric; los Independientes no Neutrales se declararon en libertad de acción y en la derecha, que esta semana terminó de romperse, no todos están dispuesto a votar por JAK. Muchos damos por hecho que el resultado de las presidenciales tendrán consecuencias en el funcionamiento de la Convención, pero cuesta especificarlas. No es un tema que se hable con frecuencia en los pasillos ni en las reuniones de los bloques. La dinámica interna nos toma tanto tiempo que no deja espacio a la discusión política contingente. Yo, por ejemplo, rara vez alcanzo a ver las noticias y cuando agarro un periódico me concentro en los espacios referidos a nuestro quehacer. 

Ahora estamos abocados a definir el cronograma. La mesa hizo una propuesta y buena parte de los colectivos en lugar de aceptarla de plano se abocaron a corregirla. Si durante los meses de instalación, Loncón y Bassa debieron tomar una serie de decisiones de manera autónoma para agilizar el arranque de un proceso que partía de la nada, a estas alturas, son cada vez más quienes piden su lugar en las resoluciones. Esto ha tensionado el funcionamiento interno de la mesa que, es de suponer, en lo sucesivo deberá compartir crecientemente sus decisiones con las vicepresidencias que están ahí en representación de los distintos grupos. 

Salvo mayoría parece estar de acuerdo en ir despachando las normas constitucionales por bloques, los que podrían ser tres a lo largo de los ocho meses que nos quedan. La urgencia por cumplir los plazos responde, en primer lugar, a la importancia de atenerse a lo indicado por la reforma constitucional que nos dio lugar, pero también a la convicción de que los plazos son un fuerte incentivo para los acuerdos. Una discusión sin fecha de término tiende a eternizar la defensa de las posturas iniciales. Entremedio deberán ser incluidas las audiencias públicas, la recepción de normas propuestas por la ciudadanía y los resultados de los procesos participativos. Estos últimos, para llevarse a cabo con el cuidado, amplitud y rigurosidad en la sistematización que requieren, exigirán un esfuerzo mayor y el compromiso de múltiples entidades del Estado que todavía están por verse. 

Mientras tanto, las siete comisiones temáticas empiezan a debatir sus modos de funcionamiento. Entre sesión y sesión, abundan los encuentros para coordinar posturas comunes, tanto al interior de las bancadas como entre miembros de las comisiones provenientes de distintos grupos que buscan complicidad. Cada convencional, por su parte, trabaja con sus respectivos asesores para desarrollar las normas que le competen. Paralelamente, académicos y estudiosos del derecho ofrecen sus conocimientos de manera más o menos informal. Si hasta hace poco las deliberaciones conceptuales que se daban en los distintos escenarios gozaban de la dispersión propia de las aguas de la lluvia apenas cae, hoy comienzan a buscar su cauce. Son jornadas de agitación en que el desorden se halla inquieto, a sabiendas de que tiene los días contados.

Bernardo de la Maza, que evidentemente se ha ido comprometiendo con el devenir del proceso y asumiendo como propias sus dificultades, abandonó la bancada de Chile Vamos (que ahora se llama de otro modo), harto de aquellos que han optado por poner piedras en el camino en lugar de despejarlo. La parte más dura de la derecha, aparentemente para optimizar sus posibilidades de tomar la palabra en el pleno -lo que Patricia Politzer llamó “una jugarreta”- se separaron en tres lotes: uno de republicanos partidarios de Kast y dos de UDIs. Si entre ellos hay diferencias, el quiebre con los provenientes de Renovación Nacional y Evopoli es mucho más profundo y ya está prácticamente consumado. Estos últimos han manifestado en diversos formatos y ocasiones su voluntad de no aislarse y establecer contactos con las fuerzas de centro izquierda para llevar a buen puerto este proceso. Cristián Monckeberg, sin ir más lejos, desmintió a Ena Von Baer cuando en la franja electoral de su candidato, como también hizo la republicana Marinovic en su discurso, aseguró que queríamos cambiar la bandera, el himno patrio y hasta el nombre de Chile, cosas que nunca se han planteado en la Convención. A propósito de esto fue que Nico Nuñez aseguró que estaba chascón, cosa que a un pelado como Monckeberg sólo puede invitarlo a celebrar.

Pronto sesionaremos en Bio Bio, donde una de las sedes naturales debiera ser la Universidad de Concepción, patrimonio cultural de esa ciudad, repleto de historia y campus y jardines ejemplarmente incorporados al resto de la urbe. Pero hay grupos que, con la complicidad de algunos constituyentes, están oponiéndose a que suceda, porque, producto de hechos de violencia cometidos por individuos ajenos a la universidad en febrero de 2020 -destrucción de ventanales, incendio de vehículos, sustracción de especies, destrucción de bienes que constituyen monumentos nacionales- fueron acusados ante la justicia. Según quienes se oponen a que sesionemos ahí, esto sería un atentado contra manifestantes de la revuelta que tendría como principal responsable al rector, lo que volvería inaceptable nuestra presencia avalando su comportamiento. Lo cierto es que una institución universitaria trasciende a su rector y que, como si fuera poco, aunque él se desistiera de la querella el proceso continuaría de todas maneras. Poner en duda la autonomía universitaria constituye un atentado contra la democracia. Y ceder ante la amenaza de quienes no la entienden o comparten, un acto de debilidad que esta Convención no debiera permitirse. Es por eso que 40 convencionales firmamos una carta para insistir en la importancia de reunirnos ahí.

Conversaba el otro día con Julio Álvarez, convencional socialista por el distrito 26, y a propósito del gusto que sentía de estar ahora instalado en el hemiciclo, me contó que había conocido al mítico secretario John Smok. Como si fuera poco, el secretario Smok le había contado que tenía preciosos recuerdos de Chiloé. “Mi padre -le había dicho John- cultivaba gladiolos en Santiago y fue él quien plantó los primeros bulbos de estas flores en Quemchi”. “Imagina mi emoción -continuó Julio-, yo soy precisamente de ese pueblo, hoy lleno de gladiolos”.