Patricio Fernández

La crónica semanal

El primer mes

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Una mapuche encabeza la convención, una machi ocupa el primer asiento del hemiciclo y las ceremonias pachamámicas reemplazaron ahí adentro a las misas cristianas. Para celebrar el primer mes, los pueblos del norte hicieron rogativas a la madre Tierra y representantes de todos los sectores políticos se dieron la mano para bailar una ronda, mientras humeaban las hierbas andinas. No se trata de una conversión religiosa, ni de una vuelta a las utopías primitivistas, ni de extravíos new age. La tía Picachú y el dinosaurio también tuvieron su momento. Son los sueños y los juegos despreciados, las estéticas ajenas al gusto hegemónico, las miradas históricamente sometidas que irrumpen, ahora sin la furia callejera, en el acuerdo comunitario. 

Con las comisiones, dejamos de vernos todos. Tenemos plenarios solamente los martes por la mañana. Durante la tarde, comisiones, aunque este martes que viene murmuran que el pleno pasará de largo. La discusión acerca de las asignaciones podría complicarse. Hay constituyentes que vienen de lejos y que necesitan solventar los gastos de su travesía, y apoyos de distinto orden para llevar a cabo con profesionalismo nuestra tarea. La austeridad y la transparencia debieran ser las normas que nos rigen, y un lenguaje claro al momento de comunicar, para contrarrestar las desconfianzas y la evidente voluntad de aquellos sectores que quieren desacreditar este proceso.

Aquí nadie está por el dinero, aunque para algunos sea más de lo acostumbrado. Basta pasar un día al interior del edificio del ex Congreso para darse cuenta. Todos jugamos nuestro papel, bien o mal, pero con intensidad. Nadie flojea. Sabemos que se trata de algo importante. 

Si el plenario es el colegio, las comisiones son los cursos. Ahí nos conocemos de cerca mientras hacemos las tareas. Yo participo en la de Comunicaciones y, salvo un diferendo con Teresa Marinovic, ha reinado el espíritu de grupo. Nunca hemos votado; siempre resolvimos por acuerdo, al menos hasta hoy. Comienzan a irrumpir los chistes. Tras una mañana que pasamos pisándonos los talones, Nicolás Nuñez pidió la palabra para contarnos que su abuela, a estas alturas, se preguntaría: “¿Y cuándo echamos las papas en la cazuela?”

Esta semana recibimos a la prensa acreditada, al Colegio de Periodistas y la Asociación de Mujeres Periodistas para que nos digan cómo facilitar su labor; al Archivo y la Biblioteca Nacional para que nos ayuden a registrarlo todo y disponer, adentro y afuera de la convención, de variada información constitucional. Nos reunimos con la ANP, la Comisión de Diarios Regionales, Anatel, Archi y TVN, para contar con ellos en la difusión y la educación cívica que este proceso requiere. Especialmente con TVN, por tratarse de un canal público. 

Durante la rendición de cuentas que la mesa y los coordinadores de las comisiones hicimos en el plenario al cumplir un mes, el vicepresidente Bassa destacó el apoyo recibido de las distintas instituciones del Estado, convirtiéndonos en otra de ellas. Prácticamente todos destacamos el buen ambiente. Yo mismo fui elegido coordinador con votos de republicanos y frenteamplistas, y Loreto Vallejos, de la Lista del Pueblo, casi del mismo modo y sin mayores discusiones. 

Son dos los funcionarios de la Cámara de Diputados que, en comisión de servicio, participan de nuestra comisión: Margarita Cereceda, la única periodista con que cuenta la convención, y Carlos Cámara -“allá me dicen que trabajo en el negocio de mi papá”- nuestro secretario, un abogado a quien diariamente agradecemos su inmenso aporte, y responde: “lo considero un privilegio”. Él conoce las formalidades republicanas y da forma institucional a nuestras decisiones. Tras años en el parlamento, es un trozo de ciudad en medio de la selva.

Nadie va al Palacio Pereira, donde se supone que están nuestras oficinas. Aunque queda a pocas cuadras, pertenece a otro condado. El nuestro se limita a la manzana de Catedral, Compañía, Bandera y Morandé, donde sesionó el Congreso Nacional hasta que un golpe de estado cerró sus puertas.

El edificio es un inmenso laberinto en el que conviven dos mundos que no se tocan: el Senado y la Cámara de Diputados. Nosotros sólo habitamos el segundo, aunque últimamente hemos traspasado la frontera para utilizar algunas salas del otro lado, infinitamente más señorial. Cada senador tiene ahí una oficina con su nombre grabado en bronce, hay cuadros de época en los pasillos y si no nos han facilitado con mayor soltura sus dependencias, ha de ser por lo mismo que al recorrerlo se perciben aires de superioridad.

La Convención, en cambio, rechaza las jerarquías, aunque es cierto que nuestra presidenta, Elisa Loncón, parece haber conquistado una altura misteriosa. No se la trata con la misma espontaneidad que habita en el resto. Es raro encontrarla sola. Una corte la acompaña.

Lo indígena ha conseguido una relevancia inusitada. Una mapuche encabeza la convención, una machi ocupa el primer asiento del hemiciclo y las ceremonias pachamámicas reemplazaron ahí adentro a las misas cristianas. Para celebrar el primer mes, los pueblos del norte hicieron rogativas a la madre Tierra y representantes de todos los sectores políticos se dieron la mano para bailar una ronda, mientras humeaban las hierbas andinas. No se trata de una conversión religiosa, ni de una vuelta a las utopías primitivistas, ni de extravíos new age. La tía Picachú y el dinosaurio también tuvieron su momento. Son los sueños y los juegos despreciados, las estéticas ajenas al gusto hegemónico, las miradas históricamente sometidas que irrumpen, ahora sin la furia callejera, en el acuerdo comunitario. 

La particularidad chilena, en estos momentos, no es la polarización, que abunda en muchísimas partes del mundo, sino el camino institucional que escogimos para encauzarla. Volvimos a discutir la nueva democracia en el mismo sitio en que murió la antigua. Gabriel García Márquez contaba, como gran curiosidad, que no conocía otro país donde los canillitas vendieran códigos y leyes en las calles.