Patricio Fernández

La crónica semanal

A toda máquina

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A toda máquina

Cada convencional ha trabajado junto a sus asesores para diseñar normas que muchos de nosotros a continuación consultamos con expertos en cada una de las materias tratadas. Gran parte de las inquietudes que ahí representamos provienen de nuestras experiencias de campaña, de las audiencias recibidas y de asumir que hay asuntos y transformaciones insoslayables establecidas por la propia dinámica interna de la Convención. Hemos aprendido muchísimo ahí adentro. Una vez que cada uno ha confeccionado su propuesta de normas, la comparte y discute con sus colectivos y, a continuación, procura ampliar sus apoyos yendo más allá.

El miércoles a las 15 horas llegamos todos mal dormidos. Nadie tenía muy claro cómo continuaba el proceso de votaciones, por dónde nos iríamos, en quién pondríamos nuestras fichas. De manera confusa, a las 15:30 hrs., mientras comenzaban a avanzar hacia el copón los primeros votantes llamados por Smok, el equipo negociador del Colectivo explicaba que minutos antes habían cerrado un principio de acuerdo con INN y los del FA, según el cual María Elisa Quinteros quedaría de presidenta y Beatriz Sánchez de vicepresidenta. Pero el asunto de la dupla aún no estaba oleado y sacramentado, de modo que mientras no se aceptara el paquete completo, continuábamos sin candidato(a) para la presidencia.

– ¿Y por quién votamos ahora?- preguntó uno de los nuestros, al tiempo que los de apellidos comenzados con “A” se sucedían en la lista leída por John Smok.

– Fernando Atria .- cantó entonces el secretario

– ¿¡Qué hacemos!?- gritamos varios a la vez

Eduardo Castillo, de la Lista del Apruebo, se acercó para decirme que en esta vuelta ellos votarían por Squella, y mientras el colectivo acordaba poner el nombre de Roberto Celedón como gesto testimonial a la espera de consolidar el acuerdo por la dupla antes mencionada, Andrés Cruz y yo nos inclinamos por Agustín. Una vez más, reinaba el desorden.

Media hora después comenzó el conteo. Sin los votos del FA ni del Colectivo Socialista y con el apoyo de Pueblo Constituyente, Movimientos Sociales, los Plurinacionales, los Escaños Reservados, el PC y el pastor evangélico de RN Luciano Silva, María Elisa Quinteros (40 años, talquina, dentista, epidemióloga, miembro de los M.S.) consiguió los 78 votos que necesitaba para ser electa. Los comunistas se habían encargado de alinear tras ella a los votantes de Eric Chinga y al pastor -que antes de pasarse a las filas de la derecha militó en “El Partido”-, dejando así fuera de juego al colectivo y al FA, y la posibilidad de que ellos continuaran negociando el paquete completo, que consideraba a Bea Sánchez en la vice presidencia.

Una tendencia anti partidos políticos movilizó a buena parte de esos grupos de izquierda, o que llamamos así porque representan fuerzas reivindicativas y transformadoras, pero que en realidad no responden a una ideología, sino que los une el “anti neoliberalismo”, la ecología, la causa anti patriarcal, el anti elitismo, la representación territorial, la falta de reconocimiento y dignificación, pero ninguna promesa redentora. Lo paradójico es que todos ellos actuaron coordinados por la mano sigilosa del Partido Comunista, uno de los más viejos de Chile, pero que en estas lides ha conseguido hacerse de un aura difusa, más de infiltrados que de bloque, donde cada uno es una célula encargada de permear alrededores. Esa noche, aunque ninguno de los electos pertenecía a su bancada, los militantes del PC salieron a brindar juntos. Marcos Barraza, el coordinador, subió a Instagram una foto en la que aparece levantando una copa de Tequila Margarita, Bárbara Sepúlveda una de vino blanco, Valentina Miranda un pisco sour y Carolina Videla algo que podría ser un schop. Su logro, más que un triunfo evidente y partidario, fue la derrota de otros. Si desde los comienzos de la Convención que el FA y el PC -integrantes, por el momento, de una misma alianza de gobierno- en su interior operan por separado, estas elecciones terminaron de fracturarlos.

El nombre escogido para acompañar a Quinteros en la vice presidencia, de espaldas al FA y al PS -que hasta ese momento pretendían ser los grandes articuladores de la Convención-, fue el INN Gaspar Domínguez, “bisnieto de la Rita, escritora de literatura infantil e ilustradora… nieto de la Pelusa… bailarina y enfermera, que vistió riguroso luto desde 1976, cuando enviudó… hijo de Valeria, guerrera incansable y artista soñadora, protectora… frente a padres que sólo dejaron el apellido” según el mismo se presentó durante los discursos de apertura. Cuando en la votación siguiente, la primera para la vicepresidencia, su nombre ya parecía contar con el apoyo de los mismos lotes que habían conseguido elegir por sí solos a la presidenta, los socialistas y frenteamplistas se sumaron resignados, a sabiendas de que jugaban esa carta y quedaban adentro o la rechazaban aumentando su marginación. Los nombres de MEQ y Gaspar, por lo demás, no generaban rechazo, y las aprensiones que algunos tenían sobre este último fueron rápidamente sofocadas por una mayoría que, derrotas políticas aparte, estaba bien dispuesta a darle su voto de confianza.

Ni María Elisa ni él habían sido cartas que sonaran antes. Irrumpieron de pronto, hijas de las circunstancias, los aciertos y los descuidos, en ese laboratorio político que también es la Convención, donde nuevos ordenamientos conviven con esas fuerzas que se desatan en cuanto el poder se pone en juego. Entonces los grupos se comportan como equipos, no exentos de riñas internas, a los que ganar enceguece y donde las ambiciones personales tienen un rol nada de insignificante. Varios guerreros y guerreras cayeron durante este round político y es de esperar que la historia haya sido sabia al poner la corona sobre soldados que irrumpieron desde la retaguardia. Alguien recordó el caso de Angelo Giuseppe Roncalli, más conocido como Juan XXIII, elegido el año 1958 para ser un “Papa de transición” y destrabar los líos internos, pero que terminó, gracias a su calidez y simpleza, conquistando la simpatía de medio mundo y llevando adelante el Concilio Vaticano II, la transformación modernizadora más profunda de la iglesia en siglos. Hasta aquí, la nueva mesa ha demostrado entender bien las responsabilidades que gran parte de los constituyentes decidimos poner sobre sus hombros: representar al conjunto de la Convención, ejercer un rol lo más institucional posible, coordinar internamente para facilitar los 2/3 que requiere cada norma y ser voceros ante una ciudadanía diversa, a veces esperanzada, a veces crítica y a veces temerosa, de un proceso que exige su complicidad.

Todo indica que no serán lo protagónicos que fueron Elisa Loncon y Jaime Bassa. De una parte, el entusiasmo popular con el Proceso Constituyente no es el de los comienzos. Perdió la novedad. Sus personalidades son muy distintas. Terminó el “período simbólico”. Además es verano y la gente tiene la cabeza en otras cosas. Ya veremos lo que sucede en marzo.

Esta semana tuvimos la última semana territorial antes del otoño. En un principio acordamos que fuera una al mes, para mantener el contacto con los barrios, las comunas, los distritos, todo ese ámbito ciudadano que “en lenguaje constituyente” se resume bajo la nueva categoría de Los Territorios. Ya no se trata de gente que vive en un espacio urbanístico o administrativo determinado y que perfectamente podría ser otro, sino representantes de un lugar y condición, esencialmente distintos entre sí, aunque a veces cueste distinguir tal especificidad. “Los Territorios” politizan el espacio. Es un término que fantasea con la idea de que allá el debate constituyente encuentra un eco activo, o al revés, que es allá donde se halla la fuente conceptual de aquello que los convencionales defienden al interior de la Convención. Por momentos, el término “territorios” se asemeja al de “asambleas”, y la duda que queda planeando es si verdaderamente apela a un mundo amplio y representativo. Como sea, el contacto entre la Convención y la ciudadanía es una de nuestras grandes aspiraciones, y si en los dos meses venideros decidimos sacrificar estas semanas que los parlamentarios llaman “distritales”, es sólo porque el tiempo para entregar nuestras propuestas de normas constitucionales apremia de tal manera, que incluso las propias familias están resintiendo nuestras ausencias.

Este fin de semana termina el plazo que nos autoimpusimos para presentar algunos de los bloques normativos correspondientes a cada comisión. El día 1 de febrero se cierra el plazo para proponer normas, es decir, en lo sucesivo sólo podremos deliberarlas, votarlas en general, hacerles indicaciones, votar las indicaciones y confluir en los artículos definitivos a partir de las propuestas reunidas hasta esa fecha.

Cada convencional ha trabajado junto a sus asesores para diseñar normas que muchos de nosotros a continuación consultamos con expertos en cada una de las materias tratadas. Gran parte de las inquietudes que ahí representamos provienen de nuestras experiencias de campaña, de las audiencias recibidas y de asumir que hay asuntos y transformaciones insoslayables establecidas por la propia dinámica interna de la Convención. Hemos aprendido muchísimo ahí adentro. Una vez que cada uno ha confeccionado su propuesta de normas, la comparte y discute con sus colectivos y, a continuación, procura ampliar sus apoyos yendo más allá. En Derechos Fundamentales, por ejemplo, este miércoles y jueves le dedicamos muchísimas horas a confeccionar una propuesta común de derechos civiles y políticos junto a todas las fuerzas de oposición. La última jornada la terminamos a eso de las dos de la madrugada. Si bien no lo conseguimos con todos, logramos coincidir en la formulación de prácticamente la mitad del catálogo. Algo que a veces cuesta entender es que estamos frente a un trabajo colectivo. Quien se enamora de sus normas tal como las plantea originalmente, es casi imposible que consiga imponerlas. La dispersión de fuerzas y miradas vuelve muy difícil que una propuesta inicial concite las mayorías necesarias sin antes adoptar algo del carácter de los cómplices que reúne durante su camino. Cada cual sabe muy bien dónde están sus líneas rojas y al interior de esos márgenes juega para llevar el agua a sus molinos.

El trabajo de las asesoras y los asesores es sencillamente fundamental. En primer lugar, porque la presión para cumplir los plazos vuelve imposible que los convencionales por sí mismos aborden todas las obligaciones que implica esta tarea al mismo tiempo: escuchar a las organizaciones que lo requieren, acercar posiciones con otros mundos, estudiar las materias en cuestión, hacer comparados, redactar los acuerdos, etc., etc. Pero ante todo, porque aquí somos mayoría los que no tenemos ninguna experiencia jurídica y el trabajo al que estamos abocados tiene un largo y extenso desarrollo, tanto en Chile como en el mundo, del cual sólo una personalidad tan soberbia como irracional podría prescindir. Muchos(as) de esos(as) asesores(as) son jóvenes abogados(as), estudiosos(as), energéticos(as), dedicados(as) y conocen el arte de hacer leyes. Si bien algunos se suben por el chorro y comienzan a actuar como si fueran ellos los elegidos por la población para resolver los dilemas que nos fueron encargados, la inmensa mayoría procura traducir al lenguaje constitucional aquello que sus asesorados les encargan. Y en ese nivel de conocimientos técnicos que ellos y ellas poseen, se producen muchos de los acuerdos que los egos políticos suelen dificultar.

Estamos trabajando a toda máquina.